Mauricio y Marcelo

Mauricio y Marcelo

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POR JORGE LANATA
Contra lo que todo el mundo piensa, la gente consagra su vida a cosas abstractas: la felicidad, el futuro, el amor (iba a incluir la moneda, pero mejor dejemos ese aspecto para otra ocasión: un ejemplo de fe que compra cosas concretas). El poder es otro de esos elementos: para que haya quien lo tenga debe existir quien lo crea; el poder es, también, una ficción compartida, lo ejerce quien dice que lo detenta, pero se completa con el que obedece sin más. Ese pacto de fe –el que permite que el poder “sea”– es vulnerable: puede agrietarlo la desobediencia, la ficción de un contrapoder que lo cuestione, o –aunque suene increíble– la risa. El poder se muestra solemne y no sabe cómo combatir el ridículo; la risa lo desarma porque destruye el respeto reverencial que necesita para funcionar. Nadie obedecería a alguien que se toma a broma. No hemos inventado nada: la sátira nació en Grecia con Semónides de Amorgos, Arquiloco de Paros y Aristófanes. Ya entonces contenía la reducción al ridículo, la exageración, la yuxtaposición y la parodia. Desde la Edad Media el género se cultivó en España con el Arcipreste de Hita y Francisco Quevedo, entre otros. Quevedo fue quien, para ganar una apuesta, le dijo “renga” a la reina Isabel (esposa de Felipe IV): fue al palacio con sus mejores galas y con dos flores, una rosa y un clavel. Le entregó las flores diciéndole: “Entre el clavel y la rosa, su majestad es-coja”.

Publicó, entre otros textos de gran popularidad en el Siglo de Oro, “Gracias y desgracias del ojo del culo. Dirigidas a Doña Juana Montón de Carne, mujer gorda por arrobas”.

Hay quienes también ubican dentro del género de la sátira a Aldous Huxley en “Un mundo feliz”, y a “Rebelión en la granja”, de George Orwell. En la Argentina los críticos incluyen al dramaturgo Agustín Cuzzani con su “El centroforward murió al amanecer”.

Y aún hay, después de todos estos siglos, quienes se siguen tomando el humor en serio o, peor aún, intentan limitar los contenidos de la creación: a nadie se le ocurriría prohibir cuentos de ciencia ficción con más de tres marcianos, pero sí sostienen que con tal o cual tema no deben hacerse bromas.

La relación entre nuestros políticos y los medios es increíble: he visto a dirigentes de nivel muy alto con el minuto a minuto de rating en su teléfono, como si fueran Adrián Suar o Pablito Codevilla. Escuché mil veces a los mismos políticos preguntar, durante el corte: “¿Estamos midiendo?”. Tienen hacia los medios la cholula ingenuidad de un fan, y para colmo creen que los conocen. Esta impostura es aprovechada por asesores que ganan dinero como nunca diciéndoles obviedades, y para garantizar algún resultado compran a periodistas o medios enteros.

Cuando todo falla, los mismos políticos justifican su error hablando de “problemas de comunicación”, y jamás piensan en “medidas equivocadas”. Una mala medida bien comunicada es de todos modos una mala medida. Aplican, también, el pensamiento mágico: estar cerca de alguien que hace treinta puntos de rating te dará treinta puntos. Parecen los guerrilleros angoleños que peleaban con el Che Guevara y se pintaban el cuerpo convencidos de que la pintura los protegía de las balas. Está demás decir que todos murieron. Algo de todo este gran malentendido convirtió a Tinelli, hace casi dos décadas, en un personaje de la política vernácula. Y como todos creyeron que era cierto, lo fue. Tinelli, que nunca se caracterizó por su lentitud frente a los desafíos, aprovechó ese rol. Aún hoy hay quienes piensan que De la Rúa cayó por confundir el nombre de Paula, y no por Cavallo, el megacanje y el corralito. Como modo de combatir su imagen poco humana, los políticos pensaron que los humanizaba bailar en la tele o producir vergüenza ajena con sus imitadores. Tuvieron, claro, suerte diversa. A los que les sirvió, les hubiera servido igual no hacerlo. El paraguas político imaginario de Marcelo llegó a su climax cuando Cristóbal López, uno de los socios del dinero negro K, compró su empresa productora con el mismo fin: protegerse de los embates mediáticos opositores a Cristina. El dinero era, en ese caso, un tema menor: podía perderlo como hoy lo pierde en C5N. Finalmente turista en el país del poder real, Marcelo intentó manejar la AFA hasta que encontró una cabeza de caballo en su cama: las imágenes de aquella votación fallida quedarán en los anales de la mafia televisada. Esta historia sucede, para colmo, cuando uno de los mejores conductores de la historia de la televisión, después de más de dos décadas de éxito, empieza a bajar su medición.Habla frontalmente mal del gobierno –como nunca antes lo había hecho con otro– y sucede lo inesperado: el público y organizaciones de trolls le responden.

“Lo investigamos y confirmamos que hubo robots”, me dijo esta semana un alto funcionario. “Pero no fuimos nosotros”.

“Dale, decilo al aire a ver si alguien te cree”, lo desafié.

El escándalo hizo que la lógica de la televisión pura volviera a funcionar: todos hablaron de Tinelli y Tinelli subió a veinte puntos de rating.

Macri se dio cuenta tarde de que se había equivocado: ¿cómo tomarse un chiste en serio? Finalmente hubo un encuentro que la prensa bautizó como “cumbre”. Tinelli había ganado. No me imagino a Ellen de Generes o a Oprah reuniéndose con Obama en la Casa Blanca por un comentario desafortunado. Tampoco a un presidente opinando sobre un programa de televisión si no es para elogiarlo.

Y el gobierno decidió que estos eran los días oportunos para decirle al público que iban a usar sus datos personales. En un país con un alto y justificable grado de paranoia por metro cuadrado. A la mañana siguiente hubo una conferencia de prensa, en la que explicaron. Si conocieran aunque sea un poco los medios sabrían de sobra que cuando hay que explicar, ya es tarde.

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