Por estos tiempos, el sustantivo felicidad y el adjetivo feliz se vuelcan en la escritura o se pronuncian como una palabra que nos una en la concreción de los deseos, buscando amortiguar dolores y hasta las mínimas quejas. Con ella, nos involucramos con el otro como una manera de alegrarnos por su existencia, de estar en la vida cerca, incluso en los pensamientos que borran distancias.
Es una palabra para celebrar lo que se vive, desde la memoria y desde el presente. Por eso, se la dice para que los días venideros no tengan nada de desolado.
Desear felicidad es, entonces, un brindis a la esperanza.
La felicidad está relacionada con la sabiduría porque ésta nos quita las angustias, nos da la satisfacción, a pesar de las circunstancias ingratas. La felicidad es saber vivir por lo que se transforma en un aprendizaje desde la adolescencia, a mi entender el tiempo fundamental, para que aprender a vivir no sea demasiado tarde.
Desear felicidad a otro es decirle que ejerza sus capacidades para la construcción de sus deseos que utilice sus fuerzas vitales para todo desafío y así alcanzar lo deseable sin esperar tanto de afuera, sino cambiar desde adentro.
Desear felicidad a otro es darle respaldo y aliento desde los afectos para que toda ilusión cobre vuelo desde la fuerza y desde la capacidad como un orientador de sí mismo; poseer fortalezas para superar adversidades.
La felicidad está dentro de uno mismo y hay que saber encontrarla.
Decir felicidad, feliz navidad, feliz año nuevo es ser solidario con la belleza de la vida aprendida desde la luminosidad del conocimiento. Es compartir la alegría de estar vivos cultivando fortalecer la autoestima.
Que cada uno reciba los deseos de felicidad y con ellos haga visible los deseos subyacentes para construir su devenir desde el corazón que recibe el deseo de felicidad, desde el corazón que lo dice.-