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La oportunidad perdida
18/03/2010
Todos aquellos que abrevamos en las fuentes del progresismo sentimos una particular simpatía por el cooperativismo y visualizamos en él una de las pocas herramientas de inclusión social, las características de la Argentina devastada por la década del 90 que arrojo del sistema a muchos ciudadanos representa un banco de prueba que la ciudad de Tartagal singulariza de manera determinante.
Nuestra ciudad sufrió en forma emblemática el traspaso de la inclusión a la exclusión social, la política de privatizaciones enmarcada en el consenso de Washington y disciplinada por Menem desde el gobierno nacional, Romero desde el senado y el Capitán Ulloa desde la gobernación de la provincia, fue el misil que desarticulo y atomizó una población cuyo efecto desde los social e individual no pudo superarse nunca.
La desgracia del alud del 09 de febrero del 2.009 posó por primera vez la mirada de un gobierno nacional en una sociedad que se había expresado anteriormente sin ser escuchada.
Las cooperativas de desocupados tenían como objetivo encontrar anclaje laboral en aquellos que eran considerados outsiders del sistema y rechazados hasta la exasperación por una sociedad que los visualizaba con síntomas de burguesía asustada como el origen de todos los males, pretendiendo un diagnóstico histórico brutalmente herrado al confundir los efectos con la causas.
La inclusión social motoriza de manera fundamental el consumo de la población y por ende pone en movimiento el mercado interno, permitiendo el rebote de la economía cuyos efectos se diseminan sobre el total de la población, un país sin consumo interno es destructor del aparato productivo y desemboca en recesión con índices de desocupación alarmantes.
El cooperativismo bien implementado y con las condiciones dadas como sucedió en Tartagal es además factor de movilidad social, simbolizando el ideario progresista que los hijos vivan mejor que los padres.
La falta de una dirigencia política con convicciones ideológicas y por ende solo circunstancial y pragmática, nunca estuvo en lugar de advertir que la inclusión implica reconciliar en objetivos comunes el interés social, logrando que la tolerancia mitigue la desconfianza natural de unos hacía otros, rompiendo la lógica binaria que se devora los grises.
Pero lamentablemente prevaleció lo peor de la política armándose pactos con cabecillas que representan las antípodas del cooperativismo trocando en patoterismo capitalista, los pagos por las obras en vez de encontrar un distribucionismo equitativo derivaron en fuertes acumulaciones para el líder y migajas para los desocupados como una nueva forma de explotación.
El esquema consistió básicamente en garantizar contención a través de los líderes y relegar a segundo plano la calidad de obra generando nuevamente un fuerte rechazo, acentuando la divisoria social y obviamente favoreciendo amigos que nada tenían de desocupados como cooperativas que alimentaran la caja.
Los resultados están a la vista, las supuestas cooperativas así implementadas solo exacerbaron las diferencias al punto que grandes sectores sociales incluidos aquellos de bajos recursos la rechazan y piden que no hagan obras en sus barrios, dado el descrédito por los malos trabajos que fueron en muchos casos pagados en forma integral por la presión y los pactos establecidos, que terminaron prevaleciendo sobre la articulación social que hubiera significado consolidar relaciones que comprometan los centros vecinales con las certificaciones de obras.
Sin lugar a dudas con una planificación adecuada Tartagal tendría que ser hoy un modelo para el país, casi un emblema nacional que muestre como se logra inclusión económica y social, además de predisponer la sociedad hacia la integración con objetivos comunes por medio del fortalecimiento del consumo y el mercado interno, una heterodoxia económica como antítesis de la maldita década del 90.
Lamentablemente la codicia y la falta de convicciones solo vieron en el impulso dado por el gobierno nacional una oportunidad para concentrar poder por medio de sectores usados como fuerza de choque y una ventanilla pretendidamente discreta para los negocios, la ecuación perfecta poder y dinero.
Tartagal dejo pasar un tren lleno de oportunidades para volver a ser una sociedad, hoy el divisionismo carcome las bases de una posible reconciliación y parece una quimera recrear las condiciones económicas, sociales y políticas que se generaron a partir de una desgracia que movilizó respuestas del estado sin precedentes y cuyo despilfarro resulta imperdonable.
Columnista:
Andreani Mario
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