El orgasmo de CFK, los calzoncillos de MM

El orgasmo de CFK, los calzoncillos de MM

0 3573

FileAccessHandler.ashx

Por Ernesto Tenembaum
Hace apenas unos meses, la revista Noticias publicó en tapa un dibujo de Cristina Fernández de Kirchner mientras disfrutaba de un orgasmo. El título decía “El goce de Cristina” y ofendió terriblemente a sus partidarios, que denunciaron aquí y allá esa tapa como una expresión sexista y una demostración más de que ella fue, es y será la mujer más agraviada de la historia. Fue una reacción extraña, para quien no pertenecía a la religión de esos fieles. Cristina siempre fue una mujer coqueta, para algunos incluso es atractiva: era, además, la Presidenta de la Nación: ¿cuál sería el tabú que impidiera a alguien juguetear con la idea de que, además de todo eso, era un ser sexuado? Así como para los católicos es una ofensa referirse al sexo de la Virgen María, o ironizar acerca de sus creencias sobre cómo fue concebido Cristo, y así lo hacen saber cada tanto, cuando impulsan que se prohíban muestras irreverentes sobre ese y otros asuntos religiosos, para algunos kirchneristas pasaba lo mismo respecto de esas pequeñas e irrelevantes transgresiones. Algunos, de haber podido, hubieran quemado esa revista en una pira.

En estos días, como si fuera una remake de todo eso, muchos macristas se escandalizaron porque Showmatch exhibió al Presidente en calzoncillos. La imitación de Freddy Villarreal era, en realidad, desopilante. Macri acababa de aprobar un aumento de tarifas masivo y muy cruento, sin atender diversas situaciones sociales y geográficas, y sin convocar previamente a audiencia pública, como establece la ley y la más elemental sensibilidad política. Además, cuestionó a las personas que andan en patas y en remera en sus casas. La pelota estaba picando en el área chica y Tinelli no desaprovechó la oportunidad. Un Macri confuso, bailarín, antihéroe, apareció en el set en paños menores. Era muy gracioso. Pero parte de la militancia macrista se ofendió y arrancó una serie de campañas en las redes sociales contra el pecador Tinelli, quien –inmediatamente– se transformó en un “mercenario K”.

Naturalmente, las personas que insultan ante estas transgresiones más bien módicas no se sienten antidemocráticas ni creen que estén promoviendo un acto de censura o intentando crear un clima que limite la libertad de expresión. Al contrario, sienten que defienden valores muy importantes y que su reacción no va en contra de una expresión cultural sino que es un intento de frenar una oscura conspiración en marcha, de la cual esos fenómenos son apenas una herramienta. No están atacando a nadie. Se están defendiendo.

FileAccessHandler.ashx

Orgasmo. La tapa que aludía a la entonces presidenta y encendió a la militancia K.

Durante doce años, palabras más, palabras menos, muchas personas sostuvieron que una información, una opinión, una caricatura, el fallo de un juez, una rebelión policial, no eran lo que parecían sino que formaban parte de una conspiración destinada a debilitar o, si eso fuera posible, derrocar a la entonces Presidenta de la Nación. Y todo, en ese contexto, era lo mismo: por lo cual la obligación de un militante era denunciarlo, atacar a sus autores y establecer vínculos que demostraran el complot en marcha. Así las cosas, una caricatura de Sábat era, cómo no, una estrategia de Héctor Magnetto. Para demostrarlo, se le pedía a Sábat que dibujara también al CEO de Clarín. No solo eso: todo aquel que dudaba de esas construcciones pasaba a ser un sospechoso de pertenecer a esa conspiración, un idiota útil, un funcional. A Magnetto se lo llamaba “el diablo”, incluso en algunos textos. Fiscales, madres de víctimas, jueces, políticos, periodistas, abuelitos, empleados de inmobiliarias, directores de cine eran incluidos en listas de esbirros del diablo.

Pasó poco tiempo.

Todo parece tan lejano, inverosímil y ridículo.

Pero fue así.

Y cuando la enfermedad parecía derrotada reapareció por donde menos se la esperaba. Bastaron un par de burlas al nuevo Presidente para que reaparecieran los cruzados, esta vez con otros colores, otras ideas de cómo debe organizarse el país, pero con estilos bastante similares.

Ahora, una sátira no es una sátira, es una agresión. La caricatura de Freddy no es una caricatura, es un intento de debilitar la autoridad presidencial. Es lo mismo que les hicieron a Arturo Illia y a Fernando de la Rúa. Y, esta vez, no pasarán. Además, es obvio que Marcelo Tinelli no es un animador exitoso que tuvo relaciones controvertidas con todos los gobiernos, momentos de acercamiento y otros momentos de crítica mordaz. No. Es un alfil de Cristóbal López, mercenario kirchnerista. Un pesetero.

Antes, a quienes se burlaban o cuestionaban al Gobierno se les recordaba algún vínculo con la dictadura o con los noventa, aunque tales vínculos fueran forzados, o no existieran.

Ahora, se les busca contactos con el kirchnerismo, o con alguien que hubiera sido parte del kirchnerismo.
Antes, el emisor del mensaje envenenado era un esbirro de Magnetto.

Ahora, lo es de Cristóbal López.

Antes, todo elemento fuera de control era un arma de Clarín para gobernar el país.

Ahora, Tinelli hace lo que hace para quedarse con la AFA.

Uno de los grandes logros de la civilización occidental consiste en haber impuesto la idea de que prácticamente no debe haber límites en la libertad de expresión, que todas las ideas y todas las formas de arte deben tolerarse, aun las más ofensivas, aun las más pornográficas. Entre otras razones, eso se sostiene porque, se sabe, la instalación de un límite depende de un punto de vista, con lo cual cada uno puede imponer el suyo y, entonces, tarde o temprano, la prohibición se instala. La dinámica de la libertad muchas veces es insoportable: anárquica, agresiva, muy ofensiva para algunos sectores en ciertos momentos, irreverente, ácida, tumultuosa. Pero, con todos esos defectos, ponerle límites a ese caudal fantástico genera un costo mucho mayor que permitirlo, porque la censura y el oscurantismo son peores que cualquier ofensa. En todo caso, habrá que aprender a no ofenderse. En general, para justificar esos límites se enarbolan principios sagrados: la gobernabilidad, la autoridad presidencial, Cristina, la Virgen María, la sociedad occidental y cristiana, la memoria de los mártires e, incluso, la de los desaparecidos. Pero, finalmente, se trata de lo mismo. Muchas personas están dispuestas a convivir con la libertad, con la multiplicidad de percepciones e, incluso, de ofensas, aun cuando tolerarlas incluya la posibilidad de ser insultado. Otras creen en la libertad de agredir y ofender a los demás, pero prefieren frenar la libertad cuando los ofende a ellos, o sienten que los amenaza, promover el miedo, agredir a los que la usan.
En este sentido, las redes sociales tal vez sean virtuosas: permiten a los cruzados expresar su furia sin que las cosas pasen a mayores, ofrecen un lugar para la catarsis.

Mientras tanto, tal vez convenga leer lo que dijo Freddy Villarreal, el humorista que representó en estos días a Mauricio Macri y, a fines de la década pasada, a Fernando de la Rúa.

“Siempre digo lo mismo. Es imposible que un humorista, un conductor, un periodista tire abajo a un gobierno. Creo que un presidente, si hace las cosas bien, si la gente lo percibe de tal forma, si hay trabajo, si los chicos tienen para comer, no hay labor que pueda hacer un humorista que pueda romper con un gobierno tan eficaz. Y, al mismo tiempo, al revés, si un gobierno no es tan bueno, jamás un humorista, a través del humor, podría fogonear a favor de alguien, porque si la gente no tiene trabajo y no tiene para comer, no hay ningún humorista que lo pueda levantar. Eso a mí me tranquiliza. Ojalá que todo el mundo lo entienda así”.

Como se ve, es un golpista.

Comentarios

comentario

NOTICIAS SIMILARES

video

0 124

SIN COMENTARIOS

Enviar un Comentario